Samuel Aranda, Premio World Press Photo del año 2011, presenta sus fotografías para iniciar una conversación con blogueros y expertos en torno a la situación #despuésdelaprimavera

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“El libio es un pueblo que rechaza la violencia y el falso puritanismo islámico”

En la tarde del 11 de septiembre del 2012, cuando las milicias de Ansar al Sharia llevaron a cabo el ataque al consulado estadounidense de Benghazi en el que murió el embajador Chris Stephens, un grupo de chavales de la ciudad se coló por la puerta de atrás para tratar de salvarle la vida. Lo llevaron al hospital pero era demasiado tarde. Esa misma noche, otro grupo de jóvenes, o quizá el mismo, retiró los escombros, limpió los cristales rotos y las manchas de sangre en el edificio. Pocos días después, la población desarmada rodeaba los cuarteles de las milicias responsables del asesinato y las obligaba a abandonar la ciudad. En esas semanas en la ciudad de Bengasi cientos de personas entregaron las armas que tenían en sus casas desde la guerra, conscientes de que la violencia ya no podía ser una opción.

Un mes antes, otra tarde, esta de agosto, el gobierno de la transición entregaba el poder a la Asamblea Nacional en una ceremonia en Trípoli. La diputada más joven presidía la sesión, sin el pañuelo cubriendo los cabellos que habitualmente llevan las mujeres en Libia. El hasta ese momento presidente del gobierno de la transición, Mustafa Abdel Jalil, le recriminó su “falta de decoro” y la obligó a bajar del estrado. Se quedó sólo en su bochornoso reproche, y las redes sociales se inflamaron en defensa de la joven, a pesar de que los libios son una población profundamente religiosa.

Son dos flashes, dos ejemplos disparejos, desconectados, pero para mí muy significativos, porque en ellos se puede ver a un pueblo que rechaza la violencia y el falso puritanismo islámico.

Libia tiene hoy un parlamento electo, que a su vez, tras un proceso tumultuoso, ha designado a un gobierno, el de Ali Zidan, que ahora debe de ocuparse de muchos y graves problemas. Hay unos cien mil desplazados internos, represaliados del conflicto. De ellos 40.000 proceden de la ciudad de Tawarga. Tawarga luchó por Gadafi hasta el final, y ahora la venganza ha caído sobre aquellos combatientes, pero también sobre sus padres, mujeres o hijos, desperdigados en precarios campos por todo el país, odiados por todos.

Hay además miles de personas en las cárceles, muchas de ellas torturadas, esperando cargos y juicio por su presunta colaboración con el antiguo régimen. Y una población marginada de extranjeros negros, sin derechos, sometidos a explotación, golpes, torturas y detenciones arbitrarias.

Y las mujeres, y los jóvenes combatientes sin futuro ni reconocimiento, y los heridos de guerra sin atender mientras el poder reparte ayudas entre sus amigos, y la sanidad por reformar, y la basura sin recoger, y los reinos de taifas, y la corrupción reinventada para los nuevos amos del país…

Sí, Libia tiene problemas. Pero también tiene una población alerta, vigilante, que exige cuentas inmediatas aunque a veces lo haga con las armas, aunque a veces se tome la injusticia por su mano. Con apenas 4 o 5 millones de personas y forrado de petróleo, Libia es uno de los países más alfabetizados de África, un territorio en el que no existen las grandes masas de marginados sociales de Egipto o de Túnez, tan maleables por su ignorancia y su indefensión.  

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María José Agejas >

Periodista de Cadena SER
María José Agejas es periodista de la Sección Internacional de la Cadena SER. Actualmente trabaja en la redacción central de Madrid. La revolución en Túnez, la crisis de los refugiados de Libia y la guerra en el país de Gadafi son algunas de las coberturas que ha realizado durante la primavera árabe. Anteriormente fue corresponsal de la Cadena SER en México (1995-2003), y cubrió desde ese país los principales acontecimientos de América Latina.